Resulta distinto despertar con partes de mi cuerpo que son ajenas. Tengo un pie y dos manos unidas. Me sostienen, pero no siguen órdenes y no desean moverse hacia donde los mando. Descaradamente endurecidas, se arrastran, como si solamente estuvieran pegadas en su lugar por un conjuro. Desde luego, esto es mejor que cuando me dolían, porque entonces no podía usarlas ni recargar mi peso en ellas. Quizá nos enemistamos cuando empecé a tomar los remedios. Yo discuto que los tomo para que no me duelan y que ellas empezaron a molestarme antes, así que las partes son las provocadoras del distanciamiento. Me esfuerzo, pero yo no puedo entender sus alegatos. Conforme pasan los minutos, poco a poco empezamos a reconocernos y a la hora de ponerme los zapatos, vuelven a ser mías y puedo manejarlas a mí antojo. Probablemente como protesta, me obsequian punzadas a lo largo del día que me recuerdan que en cualquier momento, pueden recobrar su independencia. Capaz que si me descuido, cobran vida y se mueven por su propia cuenta. He visto casos así.



